FOTOGRAFÍA | «Estacionarios» de Erick Franco
- Revista Deriva
- 11 mar
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 12 mar

Las ciudades se aprenden caminándolas.
Se conocen en el tránsito mismo de la cotidianidad y, en esos pequeños espacios, pueden estar germinándose las bases para proyectos que verán luz, quizás, años después.
Eso fue justamente lo que pasó con Estacionarios (2018 - 2025), un proyecto que Erick, fotógrafo venezolano, comenzó sin saber muy bien que lo estaba haciendo. Su mirada adolescente se agudizó entre personas, rieles, vagones, asientos y el día a día que, aunque nuevo, era repetitivo. En esa repetición, en los gestos que se vuelven familiares y conocidos, entendió que había algo que tomaba forma y empezaba a nombrarse, que le da al Metro de Caracas un espacio de enunciación que supera la simple infraestructura y se concentra, también, en la gente y sus ritmos.
Más que un ejercicio estético, este trabajo funciona como un archivo contemporáneo de la experiencia urbana que pasa a convertirse en un registro de posturas, miradas y encuentros fugaces pero significativos que, al acumularse, terminan por construir nuestra memoria colectiva.
En esta conversación con Deriva, Erick reflexiona sobre el origen del proyecto, su relación personal con el metro y la forma en que la observación cotidiana puede convertirse, con el paso del tiempo, en una manera de pensar la ciudad.
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¿Cómo nace Estacionarios?
A mediados del 2018, de una rutina compartida, ansías de tomar fotos y el factor sorpresivo de lo inesperado. Estacionarios no surge ni se desarrolla como un proyecto, fue la cotidianidad y el pasar de los años que me permitieron entender que, sin saberlo, estaba creando una especie de ensayo vivencial y archivo contemporáneo.
Pero eso no lo piensas mientras tienes que llegar a la universidad a las 7:00 a.m. o a la oficina, y mucho menos a los 18 años. Es un proceso muy subjetivo de interiorizar e ir viviendo la ciudad al ritmo que tu vida te lo exige.
Primero fue con una cámara digital y, luego, lo combiné con el celular. Es importante decir el grueso del trabajo no tiene fotos con cámara profesional, principalmente porque aún no tenía una y porque es un elemento invasivo; además, esta era mi cotidianidad, en ningún momento hay fotos hechas porque haya decidido ir a pasear por los vagones.
El Metro de Caracas educó mi percepción fotográfica.
En los trenes y estaciones los momentos eran rápidos, efímeros; tienes a mucha gente y, aparte, yo también tenía que usar el metro. El tiempo me enseñó a ver y documentar con respeto esas escenas sin
interrumpirlas; al final, todos ahí tenían vidas y problemas similares a los míos, solo que yo tenía una cámara y ganas de fotografiar el lugar donde pasaba buena parte de mi día.
¿Cómo crees que ese espacio fue moldeando tu forma de mirar y de fotografiar la ciudad?
Yo uso el metro desde los 12 años y fue mi transporte diario hasta los 24. Inconscientemente, creo que me generó una identificación con los otros usuarios y la forma en la que cada uno percibe y se mueve dentro del sistema.
Me llamaba la atención cómo veía a las mismas personas, en el mismo lugar, a la misma hora y con el mismo destino. Yo salía a las 6:00 a.m. de El Valle, pero esto se repetía en Plaza Venezuela, La California y las trasferencias entre línea. Una vez te das cuenta y
lo ves a diario, tu ojo cambia completamente.

A partir de ahí me enfoqué mucho en las gesticulaciones, las posturas, los ánimos, las emociones y las costumbres que se repetían a diario con diferentes escenas. Empecé a entender que hacer esto ya no solo era para practicar o pasar el tiempo, sino que las personas me estaban ayudando a construir algo que todavía no tenía nombre ni concepto.
¿Por qué «estacionarios»?
Se llama así porque son escenas y conceptos construidos a través del reconocimiento entre cada uno de los usuarios en las estaciones. Me gusta pensar que, sin saberlo, quizás compartí vagón o estación con quienes vean este trabajo culminado.
¿Cuál fue tu búsqueda con este trabajo?
Con el entendimiento del presente puedo decir que es un proyecto enfocado en entender al venezolano/a durante su proceso diario, reconfiguración y costumbres durante la coyuntura contemporánea del país con el Metro de Caracas como escenario principal.
Este trabajo no se trata de estética, es un archivo documental fundamentado en el pasado y presente de un país a través de su gente usando el transporte público.
Ahí empecé a nutrir las fotos con investigaciones relacionadas al comportamiento del venezolano, las ambiciones que se tenía con el proyecto del metro y cómo esto cambió la vida de millones de personas en una ciudad.
¿Qué crees que este archivo dice hoy sobre la vida urbana venezolana?
Considero que el Metro de Caracas fue una de las primeras piedras para encontrar la identidad popular del país fuera de guerra, conflicto y política. Era la presentación de una idea para crear de adentro hacía afuera con sentido urbanístico y social. No fue una
casualidad que desde su inauguración y hasta el 2000, la empresa invirtiera significantemente en colegios, responsabilidad social y campañas ciudadanas.
Socialmente constituye (hasta la actualidad) un símbolo de orgullo que se construyó y se debe seguir construyendo en conjunto; es una forma de arraigo y educación que no está ligada a un patrimonio de la naturaleza; es el reflejo de lo positivo y negativo de nuestra
historia civil.
Si una cosa me queda clara es que el Metro de Caracas va más allá de la estética que muy pocos sistemas del mundo tienen, esa es solo una parte. Este proyecto constituye lo que se puede llegar a lograr institucionalmente como ciudadanos; es el espejo latente del contexto, nuestra realidad compartida y el autorreconocimiento como
venezolanos/as.
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