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FOTOGRAFÍA | Entrevista: La calle como archivo vivo x unarutina


«Fotografiar es, en cierto sentido, apropiarse de lo fotografiado», escribió Susan Sontag y, con eso, abrió espacio a una de las tensiones más persistentes de la imagen: cada una implica tomar, recortar o decidir sobre lo que se verá y lo que no.


Pero hay búsquedas que no pretenden resolver esta tensión, más bien la sostienen.


Entonces la ciudad no se mira desde el exterior ni pretende ser traducida en una escena legible. Se trata, de hecho, de permanecer en ella y, con eso, aceptar su vitalidad, su desgaste y su violencia. De modo que la fotografía pasa a convertirse en una forma de relación y una manera de estar.


La conversación que abrimos con Angelo Navas [@unarutina] se mueve justo ahí. Con él exploramos la idea de que la calle no aparece como un simple telón de fondo, más bien se convierte en un espacio de trabajo, de tránsito y de supervivencia en el que día a día transcurren historias dentro de esa cotidianidad que tiene su propio (des)orden.


Entre la experiencia migrante, el trabajo cotidiano y una práctica que se resiste a ceder a la inmediatez, lo que aparece es una forma de ser y habitar la fotografía con la intención de mostrar un poco (o mucho) de lo que somos.


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¿Dónde nace tu interés por fotografiar la calle?


Descubrí la fotografía por medio del fotoperiodismo. A mis manos llegó el libro Black Passport de Stanley Greene y pude apreciar el enorme potencial que tenía el registro para comunicar narrativas cargadas de sentido por medio de la imagen fija.


Desde mi vivencia como escritor de graffiti siempre sentí que la calle estaba llena de signos, de acontecimientos, de actores, de atmósferas y propone un juego de observación y de rastreo. Todos tenemos experiencias diferentes del mismo espacio, el encuadre que da la fotografía no es solo una estetización, es un pliegue que se le hace a la memoria, especialmente en lugares donde todo lo que ocurre es tan frenético, como el centro de una ciudad. Hacer esta indagación con la mirada es cruzarse con material sensible que merece ser retratado, a veces convirtiéndose en espejo de humanidad. Con el tiempo me he dispuesto a hacer lecturas cada vez más rigurosas porque cada ciclo temporal deviene nuevas dinámicas en el mismo espacio, es una fuente de inspiración permanente y un escenario que siento como mío. 



¿Qué te enseñó la calle sobre cómo mirar y entender tu entorno?


La calle te enseña lo que estés dispuesto a aprender. En mi caso, la calle no es solo un espacio para recorrer, la habito como lugar de trabajo y estoy en la obligación de reconocer sus dinámicas y las personas que también la habitan para poder funcionar diariamente, ya sea en la labor de fotografiar o en el negocio de comprar y vender artículos de segunda, que es otra de las actividades en las que me muevo para buscar dinero.


El estar inmerso en la cotidianidad del centro me ha provisto de herramientas de lectura de contextos, reconocimiento de patrones en actividades y comportamientos; me ha acercado incluso a la habitualidad de muchas otras personas que tienen la calle como espacio obligatorio en su día a día. Es la sensibilidad que requiere la fotografía la que diferencia el ejercicio de vivir al de registrar. En lo que otras personas podrán concebir como abyecto, yo veo humanidad, y en la medida en que es una actividad recurrente es posible encontrar muchas más escenas o personas susceptibles a ser fotografiadas, los aspectos técnicos también se van afinando con el tiempo que se le dedica.


¿Qué cambia cuando hacer fotos se vuelve una manera de habitar la ciudad?


La calle se convierte en un escenario abundante al punto incluso de que las calles se vuelven cortas para recorrer. Nunca deja de ser un desafío, difícilmente te aburres o te atraviesa el tedio; piensas y anticipas si al doblar en la esquina encontrarás algo nuevo o, todo lo contrario, vas desprevenido y las señales se revelan ante ti cuando sencillamente no buscas nada.


La ciudad es robusta, pero para que te sorprenda hay que padecerla, hay que caminar sin descanso, aventurarse a habitar esos espacios malinterpretados, perder el miedo, pero nunca el respeto por la calle.

Cuando la mentalidad de fotógrafo rebasa la del transeúnte encuentras magia, incluso poesía; entiendes el conflicto pero no lo desafías, fluyes con el espíritu de la urbe como terreno en permanente disputa.


¿Cómo se cruzan la inspiración y la supervivencia en tu trabajo?


Necesito de la calle como escenario de sustento para mi vida personal, mi familia y mi trabajo. Siento que lo que logro con la fotografía no viene de una mirada distante, entiendo la lucha diaria de las personas que se la juegan diariamente para sobrevivir. Podría decir que hay un rasgo empático en mi ejercicio porque no soy ajeno a esa lucha por la mejora o la supervivencia, solo que tengo una vía de expresión personal como una manera de canalizar esas experiencias y ofrecer otras perspectivas de ese espacio a veces tan mal entendido, tan marginalizado y tan señalado.


En mi búsqueda fotográfica hay una necesidad manifiesta y creo que es esa «hambre» la que me pone de pie cada día para cruzar la puerta de la comodidad y emprender un ejercicio así de exigente como lo es la fotografía callejera.



¿Cómo influenció tu experiencia como migrante tu manera de ver, acercarte o entender a las personas que retratas?


Mi experiencia como migrante ha influido profundamente en la manera en que veo y me acerco a las personas que retrato. Aunque el fotoperiodismo sobre la migración suele tener un carácter informativo sin dejar de ser sensible, en mi caso la mirada se expande hacia lenguajes más sutiles: rastros, marcas, cicatrices y gestos que puedo reconocer no solo por mi pertenencia a la cultura venezolana, sino porque entiendo cómo estos elementos adquieren nuevos significados al situarse en otro contexto.


Existe en mí una conexión y una sensibilidad particular hacia los migrantes, ya que comparto esa confrontación constante de provenir de un país atravesado por dificultades y de ser, muchas veces, objeto de juicio. Al ser parte de la diáspora, no solo observo, sino que comprendo desde dentro, lo que me impulsa a buscar más allá de lo evidente en cada escena.



¿Cómo fotografías los rastros de violencia sin caer en estereotipos?


Fotografío los rastros de violencia desde una postura consciente de las intenciones que orientan mi mirada.


Sé que es imposible no estetizar la imagen, pero mi intención es evitar la romantización o la exotización, buscando en cambio capturar una visión honesta de las personas y las escenas, con el fin de aportar a la construcción de memoria.

Entiendo que no hay un beneficio directo para el sujeto retratado, por lo que mi aproximación parte de una responsabilidad ética, en el marco del respeto por la humanidad y la dignidad de las personas. Soy consciente de que mi fotografía aborda aspectos sensibles para muchos y queda abierta la brecha de la interpretación; en ese orden de ideas, es posible que, en lecturas ligeras, mi trabajo sea entendido únicamente desde la «vulnerabilidad», cuando en realidad se trata de personas reales y hechos cotidianos que simplemente no hay manera de endulzar y que son más comunes de lo que las personas se atreven a admitir. En este sentido, al abordar la violencia también asumo una cuota de memoria que le recuerda a la ciudad su carácter inmanente y permanente, entendiendo que la violencia, de una u otra manera, forma parte de nosotros.


¿Qué defiendes al trabajar en analógico en un mundo tan inmediato? ¿Cómo cambia tu relación con el error o la pérdida?


Con la fotografía análoga trato de mantener un sistema de producción de imágenes que resiste al resultado inmediato y que requiere perfeccionar el entendimiento y el uso de la luz, las características de la cámara, el lente, el iso, incluso los procesos de revelado. En esta modalidad tu trabajas por una imagen, aprendes a tener paciencia, a aceptar el error, pero a capitalizarlo para volver a intentarlo y lograr la mejora. Aprendes también a curar al sujeto o la escena fotografiada. No todo lo que sucede en la calle o todas las personas que encuentras son susceptibles a una fotografía. Desde lo análogo entiendes el valor de un disparo, evitas consumir dispositivos, te vuelves más asertivo en el trabajo. 


En mi caso no es asunto de nostalgia tanto como sí lo es un desafío personal por dominar una técnica que han intentado desde el mercado mismo hacerla obsoleta, pero que aun con ese esfuerzo se mantiene viva precisamente por quienes no desistimos de ella.



¿Qué te revelan los tatuajes y cortes de cabello que va más allá de lo que se ve en la imagen?


Los tatuajes son signos que desde la imagen manifiestan historias a veces celebratorias, a veces amargas, aspiracionales, tributos o maneras de expresar una identidad o un gusto por algo. Son una ventana muy pequeña a la personalidad de alguien que decora su cuerpo como quiere y puede también. La estética de estos tatuajes revela momentos históricos de quien los luce. Las personas te dan contexto desde su oralidad, relatos que muchas veces te sorprenden porque podrían contradecir incluso la interpretación que tú mismo les puedes dar.


Disfruto mucho este rastreo porque algunas personas aprovechan este momento para expresarse, contarte su historia, encuentran un poco de escucha. No puedo decir que siempre sea así: hay quienes te permiten la foto sin pronunciar una palabra y simplemente siguen su camino.


Con los cortes de cabello he podido identificar contextos culturales y rituales personales de quienes deciden expresar su identidad con el cabello. Viviendo en Medellín veo el corte conocido como mullet (aquí le llaman el siete con las colas) como un signo del territorio, de las narrativas barriales y como una forma de pertenencia al entorno de lo que se siente como «masculino».


La cultura popular claramente ejerce influencia sobre las personas como colectivos y como individuos, estéticamente cada uno lo apropia e interpreta como mejor se ajuste a su gusto, pero la clara herencia es una sola y se enmarca en un historial muy nutrido de prácticas sociales que se pueden rastrear incluso en el cine.


¿Qué es para ti la fotografía de calle?


Es una forma de captura visual frente a un sujeto impredecible. Es un ejercicio que propone riesgos y recompensas, pero que requiere obligatoriamente una cuota de arrojo y de estoicismo especialmente ante las negativas y las confrontaciones. Es una forma de memoria de la vida urbana en ciudades donde la cotidianidad adquiere un carácter extraordinario. Se diferencia de otros tipos de fotografía en la medida en que el sujeto no se presenta ante ti, las escenas no se construyen, te fortaleces para ir tras ellas y unos días pueden ser muy fructíferos, otros días sales con las manos vacías.



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Si toda fotografía implica una forma de apropiación, como decía Sontag, quizás el desafío esté, entonces, en cómo habitar esa tensión sin resolverla completamente: mirando sin domesticar, registrando sin reducir, permaneciendo sin convertir la experiencia en un espectáculo.


En ese equilibrio inestable la imagen terminará encontrando sus propios límites y, también, sus posibilidades.




 
 
 

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